Lluvia
Plic, plac, plic, plac, era el sonido que escuchaba Martín todos los días en sus sueños de color gris. Hacía más de 10 años que no llovía en esta zona del país donde vivía. Varios expertos habían venido a comprobar qué le sucedía a la tierra, si era el exceso de demanda en los mantos acuíferos o uno más de los efectos del calentamiento global. Cada año se volvía más caluroso que el anterior. El agua de consumo diario se traía en grandes pipas de los estados aledaños, pero solo se veía como una solución temporal que algún día dejaría de funcionar. La gente trataba de mantener sus actividades diarias de la manera más normal posible.
Un ventilador nuevo en casa, uno más grande para la sala, dejarlo encendido toda la noche: era parte de las medidas que Martín tuvo que tomar en los últimos años. Muchas personas de esta región comenzaron a recorrer sus horarios de trabajo, comenzando lo más tarde posible, cuando el sol se ocultara y el calor diera un poco de tregua. Lo mismo ocurría con las rutinas de los animales; los perros salían a pasear lo más tarde posible. Ya no quedaban rastros de pasto verde; todo era amarillo, lleno de tierra que se respiraba al caminar.
Los más antiguos habitantes de la región contaban que hacía más de 100 años que no se presentaban temperaturas así. Que en algún momento una sequía similar había obligado a los entonces habitantes a dejar desierta la ciudad, mudándose con todo y sus animales. Ya no había nada que esa tierra les pudiera dar. Tuvieron que pasar muchos años, hasta que nuevos habitantes llegaran junto con las lluvias escasas a vivir en este lugar.
Martín nunca se planteó dejar el lugar donde creció. Estaba muy acostumbrado a la rutina. Nunca se cuestionó si podría trabajar en algo más en otro lugar. No le quedaba más que esperar a que algún día el clima mejorara, que su cotidianidad se volviera un poco más habitable. Fue entonces cuando comenzaron a llegar los sueños recurrentes de lluvia.
Era en sueños donde él sentía mucha paz, donde la espera se volvía menos pesada. En los sueños podía sentir que la lluvia era real, incluso recordar su olor. Así pasó varios años, hasta que un día se cansó de esperar. Pondría en marcha un plan para dejar la ciudad, para empezar de nuevo en otro lugar donde pudiera volver a sentir la lluvia.
Juntó sus pocas pertenencias al amanecer. Avisó a sus amigos más cercanos de su partida; no sabía si volvería. Al caer la tarde comenzaría el camino hacia su nueva vida. Parecía que todo estaba bien planeado y nada podría salir mal.
Esa noche, al ir caminando rumbo al norte, el cielo estaba más oscuro de lo que acostumbraba ver. Las estrellas que se veían días atrás ya no eran visibles. Un viento muy fuerte comenzó a sentirse, un viento con olor a humedad. No sabía si continuar o regresar. Ya estaba llegando al puente que marcaba los límites de la ciudad, por donde antes pasaba un gran río.
Indeciso, Martín decidió continuar. Tal vez todas esas señales no significaban que tuviera que regresar a su vida de antes. Tal vez no era cierto que tarde o temprano llovería y todo regresaría a la normalidad. Pesaba más la emoción que sentía por volver a comenzar.
Al cruzar el puente, las maderas crujían. Tantos años de uso se sentían a cada paso. En ese momento llegaron las primeras gotas de lluvia. Plic, plac, plic, plac. Caían alrededor de él, mojando su cara, empañando sus anteojos. Poco a poco se dificultaba seguir caminando. No solo era lluvia; era también viento. Estaba demasiado oscuro para continuar. Pero era más fuerte el espíritu que lo empujaba a seguir, dejando su pueblo detrás.
A la mañana siguiente, se contaba en las noticias que una tormenta muy fuerte había caído en aquella región donde se sufría una sequía desde hacía 10 años. El pueblo había quedado incomunicado, ya que el único puente se derrumbó durante la tormenta de la noche anterior.
Al final, después de todo, la lluvia llegó.

